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sabato 20 agosto 2022

Profeti, politici e cialtroni





In questo periodo prelettorale in TV impazzano i dibattiti politici.

Le elezioni, chissà perché, mi fanno pensare al principe della risata Totò.

Lui, con le sue risate amare, era riuscito a mettere a nudo le velleità e la pusillanimità dei politici italiani. Non molto è cambiato dai suoi tempi. E se qualcosa è cambiata, è cambiata in peggio.

L'estate mi fa pensare anche ai concerti che, magari in replica, mandavano in onda le estati scorse, quando almeno non eravamo afflitti dalle presenze invadenti dei politici in TV.

Un vecchio post mi ha richiamato il concerto "La Notte di Vasco" dedicato al cantante di Zocca, Vasco Rossi.

Ho ripensato ai concerti ai quali in passato ho preso parte in prima persona.

Mi sono rivisto in mezzo alla folla oceanica, con le mani al cielo, cantando a squarciagola, ballando e muovendo la testa e il corpo a suon di musica.

Non si vivono quattro decenni di successo per caso. Vasco ha incarnato i sogni e il malessere di più di una generazione. Certo il suo successo è da attribuire anche ai grandi musicisti che lo accompagnano sul palco.

Ma i suoi musicisti veicolano sulle splendide note di chitarre, ottoni, tastiere e percussioni i testi che incarnano i sogni e le fantasie dei giovani di ieri e di oggi. Che poi sono i sogni di coloro che ritrovano se stessi più nei riff di un chitarrista e negli assolo di un clarinetto che in un mondo incapace di trasmettere emozioni.

Una fuga dalle banalità di un mondo materialista, fondato sul consumismo, che ha perso nella massificazione delle menti, delle notizie e delle vite votate alla produzione e al consumo, in nome del dio quattrino e di Giove PIL, ogni sensibilità spirituale.

E l'uomo senza spirito non sa vivere, sente che gli manca qualcosa; qualcosa che egli recupera in quei versi strazianti che parlano di libertà, di solitudine, di uno straniamento che è anche e soprattutto ribellione a ogni consuetudine e perbenismo.

Qualcuno un giorno ha detto che non si vive di solo pane.

Se a qualcuno non piace Vasco Rossi dovrebbe ricordarsi che senza spirito si vive male e si cade inevitabilmente prigionieri di profeti e duci che non sempre guidano al bene.

Ma chi l'ha detto che ai nostri politici e ai governi del mondo interessi il benessere spirituale dei cittadini?

Abbandonare il materialismo in nome dei veri profeti comporterebbe rinunciare al potere dei soldi e delle poltrone facili.

Meglio aggrapparsi alla materia e al potere lasciando che i sudditi governati sfoghino il loro bisogno spirituale appresso ai profeti fasulli di turno, magari affogati in qualche sorta di sostanza che li alteri un po' sino a dimenticare, almeno per una sera, la fatica di vivere una vita senza senso e senza valori.

Ma è meglio seguire un profeta, ancorché cialtrone, oppure un duce ancora più cialtrone?

Se fossi giovane non avrei dubbi: sceglierei un profeta cialtrone.

venerdì 15 luglio 2022

Recuerdos de un italiano en Londres-19

 

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La tranquila vida diaria de Oxford Street a veces se veia interrumpida por la aparición repentina y casi fugaz de los "contrabandistas".

Eran personas acechantes del este de Londres, menos malvadas y deshonestas de lo que su apodo podía suponer, que eran capaces de improvisar una venta en la calle de articulos de lujo falsos más adecuados para la comedia de Goldoni.

Por lo general, actuaban en grupos de cuatro, cada uno de ellos con un papel definido.

Llegaban a la calle Oxford en una hora topica (entre las 11.30 a.m. y las 16.p.m.) después de estacionar en su camioneta en una de las calles adiacentes. Por lo general, ocupaban un segmento de acera entre dos barras transversales; dos de ellos actuaban como postes en cada una de las dos intersecciones, por lo que nunca podría suceder que una patrulla se acercara inesperadamente y los otros dos dispusieran la caja con la mercancía en el centro del pavimento (perfumes, billeteras, bufandas, encendedores, relojes joyas, que variaban según los días, pero siempre eran marcas de lujo pero falsas).

Uno de ellos, el orador, sentado en una de las cajas de cartón, volcóada como asiento, elogiaba la calidad y el precio de los productos expuestos a la venta,, con voz exaltada en ese incomprensible dialecto de Londres, que a su vez era un espectáculo imperdible.

El cuarto compliz, el provocador, estaba colocado detrás de la multitud que regularmente se detenía alrededor del orador, atraída por ese espectáculo improvisado, y luego,  empujando el dinero, visible entre sus dedos, gritaba "... ¡Compro tres de ellos!" , "¡Quiero dos!", "¡Tomo cuatro de esos!" Arrastrando consigo a docenas de compradores que a veces daban el dinero sin siquiera saber lo que estaban comprando.

Una vez uno de los dos de guardia, consciente de la llegada de un par de bobbies, dio la alarma. En cuestión de cinco segundos, sin haber previamente tranquilizado a los clientes ocasionales sobre sus honestas intenciones, los bienes, el dinero y las cajas ya habían desaparecido, tragados desde el callejón frente a la dirección de llegada de los policías. Y después que la patrulla londinesa, completamente ignorante, desaparecia de la vista aguda de las guardias contrabandistas, en el mismo punto se iba  reformando el mercado de ventas fraudalentas. Y debe agregarse que la interrupción no le hizo mucho daño a los asuntos de la banda.

En reversa, el miedo que la banda mostraba de haber por la policia, ya sea cierto o falso, podría haber convencido a la gente de que los negocios propuestos tenían que ser muy rentables.

¡Qué bendita ingenuidad de los británicos y los turistas de Londres!

Recuerdo que mi padre solía contarme acerca de los sinvergüenzas napolitanos que vendían a los compradores ingenuos relojes de oro falso,  desde la época de la Segunda Guerra Mundial, fingiendo que eran el botín del último robo del siglo. Aunque todos conocen el Teatro Napolitano, es algo diferente de la comedia inglesa.

También recuerdo que Bob una vez me confesó que se había ganado de vivir en ese estilo, durante un tiempo, y que sabía que los que lo practicaban eran todos muy buenos chicos.

giovedì 14 luglio 2022

Recuerdos de un Italiano en Londres - 18

 

 


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The Evening News era en realidad solo una imitación del Evening Standard más famoso. Este último venìa publicado en múltiples ediciones desde las siete de la mañana. hasta altas horas de la noche, con una frecuencia entre las dos y las tres horas. De una edicion a otra, solo cambiaba la primera página para atraer a los lectores a noticias brillantes. Se distribuyìa con una red de distribución realmente fantástica.

Las entregas llegaban en una camioneta negra y amarilla, y desde allí, con el motor encendido, sin descender de la furgoneta, volaban los paquetes de periódicos.

The Evening Standard no tenía una fisonomía política precisa (al menos no en el sentido que los italianos le damos a esta expresión) y tal vez alternó su afinidad ideológica con los partidos políticos al gobierno en el cuerpo administrativo más grande de Londres: "The Great London Council" .

Todos esos vendedores me daban una impresión extraña: que siempre habían hecho ese trabajo. No solo por la voz sibilante que los caracterizaba, sino también por su ropa muy sucia. La piel de su cara se veía oscura, casi sucia, debido a la exposición al aire insalubre.


También me parecia que siempre tenìan fríos, incluso en verano, como si en sus huesos hubiera penetrado la humedad y el escalofriante aliento de las corrientes de aire heladas procedentes del Metro.



Usaban guantos que dejaban los dedos expuestos para agarrar fácilmente dinero y periódicos y se calentaban con una taza de té con leche que compraban en el bar más cercano.

A pesar de su aspecto, que en los días de intensa niebla se mezclaba con el paisaje circundante, convirtiéndose en un elemento característico, como las columnas rojas del Royal Mail, las cabinas telefónicas y los taxis negros, las sensaciones que transmitían eran muy positivas.

No digo que fueran alegres, pero puede ser joviales. Una serena y resignada jovialidad, como si la difusión de los acontecimientos londineses y del mundo entero, contenidos en sus periódicos, los hiciera impermeables a las emociones, colocándolos por encima de los acontecimientos humanos, como mensajeros imparciales de los dioses del subsuelo.

Cuando pasaba por allí, donde estaba trabajando, nunca faltaban de asentirme con simpatía, al mismo tiempo emitiendo un sonido que quería ser un "¿estás bien?", Pero uno solo podía escuchar un silbido, como el viento que había entrado en sus cuerpos, consistiendo en tres, tal vez solo dos sílabas, veladas en la garganta.

mercoledì 13 luglio 2022

Recuerdos de un Italiano en Londres -17

 

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Bob y los otros comerciantes, incluidos sus dos hermanos y una hermana, habían abandonado la escuela poco después de haber resuelto sus obligaciones escolasticas; de hecho, muchos incluso antes de ese término.

Rebelde y refractarios con las duras reglas de los profesores de la escuela inglésa, preferían la vida libre de la calle; sin supervisores jerárquicos invadiendo o reprendiendo y sin ningún tipo de obligación (no era raro que cambiaran las malas palabras con algún cliente demasiado exigente o desafortunado). Y con un gran sueldo sobre las ganancias promedio de los trabajadores y empleados de las oficinas encerradas.

Otros vendedores ambulantes eran los vendedores de periódicos. También ellos procedìan casi exclusivamente del este de Londres, pero era muy raro encontrar jóvenes entre ellos. Trabajaban al aire libre durante todo el año, ocupando las esquinas a la salida de las estaciones metropolitanas más importantes, usando una simple caja metálica dentro de la cual estaban los periódicos, y una mesa con silla de metal, y de allí emitieban algunos sonidos incomprensibles que se fusionaban con las corrientes que salìan de las entrañas de la tierra, a través de los infinitos meandros del metro; y en esos sonidos ya no se podían reconocer los nombres de los diarios Evening Standard y Evening News, que pronunciaban en una forma corta y deformada por el hábito, similar al traqueteo de una bestia herida, para atraer la atención de los pasajeros distraídos y apurados en tránsito hacia las entradas de los túneles subterráneos. 

giovedì 7 luglio 2022

La Polizia di Cagliari indaga-5

 

 


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Capitolo Quinto

Alle nove e mezza in punto il fuoristrada del commissario De Candia si fermò in via Torbeno, all’altezza corrispondente al numero civico che figurava nel bigliettino che la sua amica gli aveva dato il giorno prima. L’avvocato Levi comparve subito davanti all’ingresso. Indossava dei pantaloni neri e un comodo giubbotto in pelle ben sagomato, chiuso in alto da un foulard dai colori vivaci. Ai piedi calzava scarpe con il tacco basso. Una capiente borsa e un capello a larghe falde completavano il suo abbigliamento. Santiago la vide più che mai affascinante, ma si limitò a un saluto affettuoso e compassato.

Quando furono sulla strada statale 131, la storica arteria che ancora collega Cagliari e Sassari, denominata Carlo Felice, in onore del monarca sabaudo che per primo volle collegare le due principali città del suo regno, Luisa Levi, dopo i convenevoli di rito, chiese come fosse andato il sopralluogo del giorno prima in via Giudicessa Adelasia.

Il commissario Santiago ci aveva pensato prima di addormentarsi e ne approfittò per esprimere a voce alta alcuni dei dubbi che gli erano sorti. Di solito non parlava mai con nessuno, al di fuori della Questura, delle indagini che erano in corso. Al riguardo la sua riservatezza era pressoché totale. Ma con l’avvocato era diverso. In qualche modo le ricordava sua moglie. Aveva imparato a fidarsi di lei e in nessun modo sentiva di venir meno al suo dovere di mantenere il dovuto riserbo professionale. Anzi, il suo istinto di sbirro lo induceva a ritenere che un confronto con quella donna potesse essere utile allo sviluppo delle sue indagini.

«Mi chiedevo da dove possa essere entrato l’assassino» disse affrontando uno dei dilemmi che lo avevano tenuto occupato la sera precedente, prima di addormentarsi. «A parte la possibilità che sia stata la vittima ad aprirgli la porta per ingenuità o per conoscenza del suo assassino, non so proprio che dire. Ispezionando la casa ho pensato che una via di accesso clandestino possa essere stato dalla mansarda. Infatti, lì ci sono due lucernari, con apertura a ribalta. Entrambi li ho trovati aperti. Ma mentre uno era fissato con l’apertura per la ventilazione, che consiste nell’appoggio del telaio a una levetta a scomparsa, estraibile ad angolo retto per il fissaggio, l’altra era semplicemente appoggiata al telaio, come se qualcuno l’avesse aperta per entrare, o magari anche per uscire, e non l’avesse risistemata. E questo secondo lucernario, per combinazione, è proprio quello che consente l’immissione nei tetti circostanti, mentre l’altro guarda nel vuoto, esattamente dalla parte opposta!

«Mmm» fece l’avvocato riflettendo. «Io purtroppo non ho potuto ispezionare la casa, che come tu sai bene è ancora sotto sequestro. Però il mio assistito, quando ho affrontato lo stesso problema con lui, mi ha descritto questa mansarda, confermandomi che su incarico della zia, era stato lui, all’inizio della primavera, ad aprire in modalità ventilazione i due lucernari, altrimenti chiusi durante la stagione delle piogge. Io purtroppo non ho avuto neppure l’accesso agli atti di indagine, ancora secretati, ma mi chiedevo se i Carabinieri che hanno proceduto all’arresto abbiano fatto un sopralluogo nella casa prima di mettere i sigilli»

«Purtroppo dai verbali non risulta alcun sopralluogo ai locali della mansarda!»

«Eh già!» interloquì l’avvocato in maniera polemica. «Erano talmente sicuri di aver chiuso il caso che non hanno pensato altro che ad arrestare il povero nipote della signora Emma e a farsi intervistare e fotografare a destra e a manca!»

Il commissario sorrise, pensando che questa battuta sarebbe piaciuta molto a uno dei suoi collaboratori, che non perdeva occasione per criticare l’ossessione mediatica e la superficialità di certi settori della polizia giudiziaria.

domenica 10 aprile 2022

Un'indagine al di là di ogni evidente apparenza-45

 


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Il commissario De Candia amava molto il teatro; sicuramente più del cinema; suo padre era stato abbonato per una decina d’anni,  alla rivista ‘Il Dramma’, il quindicinale che Lucio Ridenti, alias Ernesto Scialpi, aveva diretto sino alla fine degli anni sessanta; su quella rivista, sin da ragazzo, si era fatto una certa conoscenza del  teatro di prosa italiano in auge negli anni a cavallo tra il cinquanta e il sessanta, familiarizzandosi con i grandi interpreti di quegli anni: Gino Cervi, Ernesto Calindri, Paolo Stoppa, Andreina Pagnani, Paola Borbone, Emma e Irma Gramati, lo stesso Vittorio Gassman (poi transitato con successo al cinema);  successivamente l'opera,  grazie alla moglie, melomane competente e appassionata,   aveva preso il sopravvento sulle altre forme di spettacolo e il teatro era rimasto relegato nei ricordi in bianco e nero della televisione e in quelle riviste quindicinali.

Schnitzler lo conosceva di fama e aveva persino letto qualcosa di suo, in passato. Non era tra gli autori che conosceva meglio, questo è certo. Senza ombra di dubbio lo considerava un grande autore, ma troppo introspettivo e cerebrale; troppo attento a scavare dentro la psiche dei suoi personaggi,  mettendo in luce insieme alle loro fragilità, anche le debolezze di una società fondata sulla finzione, sull’ipocrisia e sulla menzogna. Qualcuno sosteneva addirittura che l’autore fosse l’alter ego di Sigmund Freud, tutto teso com’era, nella sua produzione drammaturgica, a scavare dentro i personaggi, alla ricerca delle pulsioni nascoste, delle libido sommerse nel sub conscio, dei segreti della psiche.

Ma se la sua amica Luisa Levi amava molto quell’autore (come a lui era sembrato di intuire dall’entusiasmo con cui, poco prima, gli aveva comunicato l’evento) lui era pronto a rivalutarlo e anche ad esaltarlo, se necessario. Non di meno, egli preferiva spettacoli meno impegnativi; era portato a divertirsi e, possibilmente anche a ridere, quando andava a teatro.

Forse era un suo limite, una sua autodifesa, non vedere quelle debolezze, quelle maschere, quelle finzioni del mondo reale che i grandi drammaturghi riuscivano a mettere in scena.

Del resto, lui, di maschere ne vedeva abbastanza nel suo ambiente, tra diseredati e ricercati, colleghi, superiori e magistrati. E forse l’aver perso la sua compagna prematuramente, dopo appena dieci di matrimonio, gli aveva impedito di vedere la loro unione degradare  negli abissi dell’abitudine e dell’ipocrisia che sembravano emergere da certi capolavori della drammaturgia del secolo ventesimo appena scorso.

Prima di addormentarsi, mentre già il tomo che stava consultando gli incominciava a ballare davanti agli occhi semichiusi, gli venne in mente quella spiegazione che l’avvocato aveva abbozzato, per giustificare la sua sparizione improvvisa, dopo che la loro storia sembrava essersi invece avviata verso un percorso di consolidamento.

Luisa Levi aveva avuto forse paura che la loro unione potesse scivolare su un crinale di noia e di abitudine, spegnendo quella loro  attrazione, fisica che era  anche mentale, psicologica e intellettuale?  Quell’attrazione che si era concretizzata, in più di un’occasione, in amplessi appassionati  che li avevano visti fusi in una congiunzione quasi magica, come due corpi celesti attratti da una forza misteriosa, costante ed eterna come la forza gravitazionale che tiene uniti gli astri e le galassie  nell’universo infinito!

Quando si svegliò il commissario ripose il libro che gli era caduto dalle mani e si preparò per la sua passeggiata a Monte Urpinu, dove andava tutte le volte che poteva, a camminare, più che a correre, e a respirare in piena libertà tra i pini, i carrubi, gli olivastri  e le querce dell’immenso parco, un tempo periferia della città di Cagliari dove avevano regnato le volpi e gli scoiattoli e che oggi risultava inglobato nel centro abitato, pur continuando a costituire un polmone fondamentale per i cagliaritani e per chiunque desiderasse immergersi nella natura, lasciandosi alle spalle inquinamenti e rumori.

E lui, al dilettevole, univa anche l’esigenza di mantenersi in forma, preservando dall’incipiente sedentarietà, gli addominali che aveva coltivato nei decenni precedenti e la forma fisica alla quale teneva ancora così tanto.

Ed era grazie a quelle sue ricorrenti passeggiate che era riuscito a tenere a bada il suo peso e la pinguedine incipiente, che aspetta gli uomini al varco della cinquantina; anche se il commissario, tuttavia, aveva ancora qualche anno prima di raggiungere il fatidico traguardo del mezzo secolo di vita.

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domenica 18 luglio 2021

Omicidio a Cagliari - 14

 


Alla   riunione del venerdì  il commissario De Candia, come sempre, lasciò in fondo alla lista degli omicidi ancora in fase di indagine,  il fascicolo dell’assassinio di via Giudicessa Adelasia. Informò i suoi collaboratori sulla svolta che avevano preso le indagini in seguito al ritrovamento presso la casa di Andrea Picciau di parte del materiale asportato dalla cassaforte della vittima, compreso il testamento che lo escludeva dall’eredità della zia.

«Ci manca però la ciliegina sulla torta: assicurare l’assassino alla giustizia!» disse il sovrintendente Farci.

«Stamattina mi hanno restituito da Carbonia il verbale di acquisizione delle prove firmato da Maria Grazia Picciau. Lunedì andrò a parlare con il procuratore capo: stavolta non potrà negarci il mandato di cattura e vedrai che con quello,  lo prenderemo, ovunque egli sia!»

«A proposito!» esclamò l’ispettore Zuddas «E’ arrivata un’informativa riservata da Olbia:  a un ricettatore è stato proposto,  da uno sconosciuto che corrisponde alla descrizione che noi abbiamo di Andrea Picciau,  l’acquisto dei gioielli della lista che io ho mandato in giro nelle città più importanti dell’isola; il ricettatore ha riconosciuto i gioielli e ha guadagnato del tempo senza insospettire l’offerente; e ha provveduto ad  informare la polizia!»

«Quindi il nostro uomo si trova ad Olbia?» chiese il sovrintendente rivolto al commissario.

«Ah, dimenticavo di dirvi che il  nostro uomo si è presentato dal ricettatore con una donna, sostenendo che i gioielli fossero i suoi…» intervenne l’ispettore Zuddas.

«Per me quello sta cercando di procurarsi i soldi per spiccare il volo con quella sua complice! Che ne pensa lei commissario?» ribatte il sovrintendente Farci.

«Quelli come lui, nella scala dei bisogni, hanno al primo posto la droga!» sostenne l’ispettore con foga!

«A proposito!» intervenne il commissario rivolto al sovrintendente Farci, frugando nel fascicolo. «Ti ricordi quell’involucro che ti ho affidato per il  Servizio di Polizia Scientifica? E’ arrivato il referto delle analisi!»

Il sovrintendente prese il foglio che il commissario gli porgeva.

«Fluoracetato di sodio? Ma è uno scherzo?» esclamò il sovrintendente porgendo il foglio all’ispettore Zuddas che glielo sollecitava.

«Quelli della Scientifica non scherzano mai!» disse il commissario con un sorriso.

https://www.ibs.it/al-di-delle-evidenti-apparenze-libro-ignazio-salvatore-basile/e/9788898981823


venerdì 14 maggio 2021

La Terza via - 8



E arrivò davvero subito; il tempo di sfogliare distrattamente qualche rivista sotto gli occhi arrossati e attenti del titolare dell'edicola, un pakistano di mezza età, dalle guance grosse e carnose.

-«Ciao!» – mi fece con un gran cenno Giampiero, mentre giungeva, in lontananza,  dall’unica barriera di uscita della Metropolitana. Anche Michelle, che già conoscevo, mi salutò con la mano per aria. Mi presentarono quindi a Martine, una ragazzetta non tanto alta, che vestiva dei jeans su una camicetta bianca ricamata, delle scarpe “Adidas” bianco-verdi ed un nastrino azzurro alla fronte che le cingeva i capelli castani dal taglio corto. Abbozzò un sorriso sui denti un po’ irregolari, pronunciando un “hello!” strettissimo e arrestandosi,  con una mano  che teneva il giubbotto riverso sulle spalle e le dita dell’altra infilata nella tasca dei jeans, con il solo pollice di fuori. Dopo alcuni convenevoli chiesi a Giampiero notizie di Donato.

https://www.mondadoristore.it/terza-via-uomo-viaggio-tre-Ignazio-Salvatore-Basile/eai978883381236/

 


sabato 24 aprile 2021

La Terza via - 5

 



A Londra era tutto un proliferare di sette new wave di ispirazione per lo più orientale: buddhiste, indiane, cinesi, persiane; e i giovani si perdevano appresso a questi venditori di illusioni e di sogni, mascherati da spiritualità antiche e profonde. E non ho mai capito se fossero i giovani più smaliziati o quelli più fragili confondere la ricerca dello spirito con le sostanze che alteravano la percezione della realtà ordinaria; probabilmente la questione era correlata alle letture più in voga in quel momento: Aldous Huxley, Allen Ginsberg e i poeti della Beat Generation, Baudelaire, Herman Hesse e chissà quanti altri ancora. Tra questi c’era sicuramente anche il sudamericano Carlos Castaneda, trapiantato negli USA per studiare Antropologia e finito poi  in Messico ad applicare sul campo i suoi studi sul popolo degli Huicholes, uno dei tanti ceppi originari del territorio attorno all’altipiano della Sonora che assumevano il peyote, il fungo contenente la mescalina, che a quanto pare li metteva in contatto con un mondo fantastico. Eppure l’antropologo peruviano (lì mi pare fosse  nato Castaneda) spiegava bene di non amare queste droghe. Ma non c’è niente da fare: ognuno sceglie ciò che più gli aggrada in ogni lettura, soprattutto se condotta senza un’adeguata guida.

Così, leggendo quella trilogia che mi era capitata tra le mani (ma la serie completa, come scoprii più avanti negli anni, conta molti più volumi), sognavo di diventare l’allievo di uno sciamano yaqui (nei libri non viene mai menzionata l’esatta etnìa dello sciamano che funge da maestro per lo scrittore, forse per evitare il turismo superficiale di viaggiatori interessati soltanto allo sballo facile, laddove la ricerca dell’autore, sembrava invece avere tutti i crismi di una vera e propria ricerca antropologica e di uno studio sul campo), di ingerire il peyote e di fumare; di padroneggiare la bilocazione riuscendo  a librarmi in volo, come un autentico volatile; e tutte le altre fantasticherie che andavo leggendo; e che sembravano credibili e vere; e magari lo erano veramente, chissà! Quando si è giovane è più facile credere e sognare l’inverosimile; e perfino l’impossibile.

https://www.hoepli.it/libro/la-terza-via-un-uomo-un-viaggio-tre-strade/9788833812366.html

 

domenica 18 aprile 2021

La Terza via - 4

 



In viaggio per Londra, in quel luglio  del 1977,  mi accompagnavo casualmente a una mia ex compagna  della ragioneria,  che mi piaceva sin dai tempi della scuola, anche se non le avevo  mai dichiarato i miei sentimenti, sempre frenato dalla mia timidezza e dalle mie interiori paure. La ragazza era comunque fidanzata e presto l’avrebbe raggiunta a Londra  il suo ragazzo per riportarsela a Cagliari e convolare così  insieme a giuste nozze.

Ad essere sincero ero partito con l’idea di trovarmi un lavoro per l’estate,  di farmi qualche soldo e poi di ritornarmene a casa e di concludere gli studi universitari; in fondo mi mancavano soltanto cinque o sei esami per arrivare alla laurea.

Londra mi piacque subito. Mi piacquero le grandi vie e i grandi parchi dell’West End e mi piacquero i vicoli più intimi e contenuti di Soho; complessivamente sentii che in quella città ci stavo bene; diciamo che il suo fascino misterioso, che sembrava aleggiare, soprattutto la sera,  sui caseggiati di pietra e in quegli edifici che trasudavano storie, mi avvinse in una spirale di emozionanti  sensazioni, come se avessi già vissuto, in un remoto passato, tra quelle mura e in quei luoghi. Niente di definito o di certo, sia chiaro, ma soltanto delle sensazioni; nulla di più. Forse avvertivo, in quel momento di estrema solitudine, che Londra era una città sola e solitaria, come me; e le nostre solitudini si fusero e io trovai lì rifugio e consolazione, in quella metropoli che ancora costituiva, come era stato per secoli, rifugio per anime inquiete e pellegrine, ma anche per perseguitati in cerca di protezione e libertà.

https://www.hoepli.it/libro/la-terza-via-un-uomo-un-viaggio-tre-strade/9788833812366.html

sabato 10 aprile 2021

La Terza via dei bohemiens



A me queste figure di bohemiens piacevano da morire. Non mi riferisco  soltanto alle donne. Michelle, certo, mi piaceva; ma era la donna di un amico; e per me era sacra e intoccabile. Mi riferisco in generale a quei giovani che allora riuscivano a vivere di espedienti, magari suonando la chitarra nelle metropolitane, oppure dipingendo, come Michelle, o vendendo prodotti artigianali di propria fattura. Mi affascinava quel mondo, avvolto nel mistero, dove si praticava il sesso libero e ci si perdeva nel fumo e nei sogni della droga, senza pensare ad altro che al presente; senza rogne e senza impegni; senza orari di lavoro o di studio. Se i ricchi potevano farlo grazie ai loro soldi, io, che ricco non lo ero e non aspiravo neppure a diventarlo, avrei potuto esserlo, o meglio immaginavo di diventare libero,  grazie all’arte, all’ingegno, a una qualche forma di creatività che purtroppo non avevo.

Ma in fondo, sognare non costava niente. E io sognavo di essere ciò che non ero. Magari, mi dicevo, potevo migliorare nella chitarra. Ma avrei avuto il coraggio di mettermi a suonare nei corridoi della metropolitana? 

https://www.hoepli.it/libro/la-terza-via-un-uomo-un-viaggio-tre-strade/9788833812366.html 

sabato 23 gennaio 2021

Sardegna magica




A volte mi chiedo chi siamo noi Sardi. Da giovane sognavo una Sardegna indipendente. Mi davano fastidio questi politici romani, spocchiosi e arroganti, che si permettevano di guardarci dall’alto verso l’alto. Sognavo che tutti i Sardi si sarebbero uniti, come una forza sola e avrebbero marciato contro la corruzione e il dominio dei colonizzatori. E mi arrabbiavo quando leggevo che la nostra isola è quasi un continente, con le diversità così evidenti, che a volte non ci si capisce da un paese all’altro, che magari distano appena qualche chilometro.

Poi andavo nelle case a portare la mia idea di libertà, i miei ideali di unità. I miei compaesani, belli come tutti i vecchi, tanto più se sono sardi (e nel mio caso anche siciliani, pugliesi e napoletani) mi dicevano: “Tenisi arrexoni, o Torixeddu! Ma chi diventausu indipendnentisi sa pensioni, a nosu, chini si da pàgada? Su dinai nostru esti in s’Impisi!”. 
Cari vecchi nonni , fratelli di una Sardegna antica che non c’è più! Fieri e orgogliosi Sardi, coraggiosi e valorosi soldati della Brigata Sassari! Ovunque voi siate io vi abbraccio. Vi amo ancora come vi amai quando eravate in vita!

Ancora mi chiedo chi siamo noi Sardi.

domenica 17 gennaio 2021

La mia musica preferita



Quando mi rilasso al PC mi piace ascoltare la musica degli anni sessanta e settanta. Gli autori che preferisco tra gli Italiani sono: Celentano, Fred Bongusto, Peppino Galiardi, gli Alunni del Sole, I Dik-Dick, Lucio Battisti e Alan Sorrenti (quello di Aria, prima maniera, per intenderci); tra gli stranieri mi piacciono I Pink Floyd, I Genesis (ma sino a Peter Gabriel, non oltre), B.B. King, John Mayall e tanti altri.

Quando sono malinconico metto un po’ di Fado portoghese, della musica napoletana, del Flamenco (Gipsy King!) o del buon Blues.

Non disdegno neppure, di quando in quando, le cantanti italiane: Mina, Patty Pravo, Dalida e Iva Zanicchi sono tra le mie preferite.

Tra i cantautori mi piacciono molto Fabrizio De Andrè, Paolo Conte, Gino Paolo, Luigi Tenco, Ivano Fossati, Leo Ferrè.

Non mi dispiacciono neppure Ettore Petrolini e Maurice Chevalier, ma lì siamo già fuori dalla musica e ci troviamo nell’avanspettacolo, nel cabaret.

Poi ci sono tanti altri che mi emoziono nell’ascoltare. Ma qui ho citato soltanto quelli che ascolto con maggiore frequenza.

Per esempio, da giovane, mi piacevano molto Gabriella Ferri e Jimi Hendrix; per un periodo sono stato perfino un seguace dell’heavy metal (AC/DC, Black Sabbath, Deep Purple, quella roba là) e del Punk (ma quello è stato un amore veramente fugace e passeggero); era la nebbia londinese che mi aveva un po’ offuscato i sensi e non distinguevo bene la vera musica dal rumore.

Oggi, se dovessi ritornare a teatro, prediligerei un buon concerto di musica classica oppure un’opera lirica (la Carmen di Bizet, la Tosca di Puccini e il Barbiere di Rossini sono tra le mie preferite).
Ma quando sono al PC e scrivo o lavoro, non c’è migliore compagnia per me della musica italiana degli anni sessanta e settanta!Quando mi rilasso al PC mi piace ascoltare la musica degli anni sessanta e settanta. Gli autori che preferisco tra gli Italiani sono: Celentano, Fred Bongusto, Peppino Galiardi, gli Alunni del Sole, I Dik-Dick, Lucio Battisti e Alan Sorrenti (quello di Aria, prima maniera, per intenderci); tra gli stranieri mi piacciono I Pink Floyd, I Genesis (ma sino a Peter Gabriel, non oltre), B.B. King, John Mayall e tanti altri.


Quando sono malinconico metto un po’ di Fado portoghese, della musica napoletana, del Flamenco (Gipsy King!) o del buon Blues.


Non disdegno neppure, di quando in quando, le cantanti italiane: Mina, Patty Pravo, Dalida e Iva Zanicchi sono tra le mie preferite.


Tra i cantautori mi piacciono molto Fabrizio De Andrè, Paolo Conte, Gino Paolo, Luigi Tenco, Ivano Fossati, Leo Ferrè.


Non mi dispiacciono neppure Ettore Petrolini e Maurice Chevalier, ma lì siamo già fuori dalla musica e ci troviamo nell’avanspettacolo, nel cabaret.


Poi ci sono tanti altri che mi emoziono nell’ascoltare. Ma qui ho citato soltanto quelli che ascolto con maggiore frequenza.


Per esempio, da giovane, mi piacevano molto Gabriella Ferri e Jimi Hendrix; per un periodo sono stato perfino un seguace dell’heavy metal (AC/DC, Black Sabbath, Deep Purple, quella roba là) e del Punk (ma quello è stato un amore veramente fugace e passeggero); era la nebbia londinese che mi aveva un po’ offuscato i sensi e non distinguevo bene la vera musica dal rumore.


Oggi, se dovessi ritornare a teatro, prediligerei un buon concerto di musica classica oppure un’opera lirica (la Carmen di Bizet, la Tosca di Puccini e il Barbiere di Rossini sono tra le mie preferite).


Ma quando sono al PC e scrivo o lavoro, non c’è migliore compagnia per me della musica italiana degli anni sessanta e settanta!